Soliloquios de un escritor bionírico

Un día más que el astro rey alumbra el hemisferio sur y un día menos en el calendario gregoriano que hay que usufructuar como buen escritor productivo. Luego de un buen desayuno y unos abs para no perder la costumbre, tenemos nuevamente la hoja en blanco en la pantalla de la computadora. Para unos la oportunidad de iniciar una nueva historia, para otros continuar la ilación de un relato ya formado, y para otros tantos sólo la oportunidad de esculpir en aquel lienzo electrónico las aventuras más alucinantes que puede imaginar cualquiera de nosotros.

Relato bionírico

Solo acertó a volar por los aires, impulsado por sus instintos, pero cuando llegó a una parte muy elevada cercana a las estrellas, se precipitó a mil por hora. Cayendo durante unos segundos, que se hicieron minutos, y los mismos que se hicieron horas. Tuvo la impresión de estar parado sobre el hemisferio sur del planeta. Sin embargo, no tenía la cosmovisión que nos da la gravedad, sino que parecía estar de cabeza. Gritó por auxilio, pero ni los buitres lo oían. Al parecer se encontraba solo en el mundo.

Despertó alarmado y luego de mirarse en el espejo del baño, se dio cuenta que sus ojos estaban amarillos, tanto así que parecía estar sufriendo una hepatitis en las córneas. Sacó la lengua y vio que la tenía verde, y como si eso no hubiera sido lo peor, sintió que sus oídos zumbaban como si tuviera un enjambre de avispas dentro de la cabeza. Al borde de la desesperación, volvió a gritar para que alguien lo socorriera. No obstante, su llamado de auxilio solo fue respondido por un insolente sonido, que entró en escena sin pedir permiso.

Pensó que al fin alguien se estaba acercando a ayudarlo, pero…cinco segundos después abrió los ojos ante el sonido de la alarma de su celular que le anunciaba que eran las seis de la mañana. Hora de levantarse…¿o seguir otro sueño?.