El centauro bicéfalo

Allá entre las cavernas y bosques, entre el terreno de los animales silvestres y seres fantásticos nocturnos, vivía un centauro, pero que además debido a un conjuro mágico lo habían vuelto bicéfalo. Y con aquellas dos cabezas le fue difícil coordinarse al principio. Sin embargo, con la práctica llegó a sobrellevar su castigo. Y hasta llegó a decir:

-Dos cabezas piensan mejor que una.

Convencido que estaba llevando una vida normal, fue a ver a Fen, el monje de las siete leguas, quien era llamado así por la distancia que acarreaba encontrarlo en sus territorios. Y una vez que yendo a todo galope y balanceando ambas cabezas, lo encontró, no desaprovechó pedirle que deshiciera el conjuro, ya que no soportaba las burlas de los seres fantásticos que se topaban con él y hasta le parecía que las cascadas se mofaban.

-Por favor monje, líbrame de esta maldición –le decía el centauro bicéfalo.

-Muy bien centauro. Desharé el conjuro, pero a cambio tendrás que hacerme un favor –le respondió el monje.

-Lo que sea señor de las siete leguas.

-Bueno, lo que deseo que hagas es que me traigas a la noche en una botella. Y al día en otra –enfatizó el monje, ante la sorpresa del centauro.

-Pero mi señor. ¿Qué me estás pidiendo? ¡Eso es imposible! –sostuvo el centauro, viendo sonreír como nunca a aquel villano de las siete leguas.

De modo que sin más cuestionamientos, el bicéfalo se despidió y se fue. Al tercer día, el centauro volvió ante el monje. Y le preguntó que si importaba en qué momento le mostraba ambas botellas. Y el monje contestó que no importaba. Que le mostrara las botellas a la hora que deseara. Fue entonces que el centauro se volvió a despedir y no se supo de él durante un año. Regresando justo en el día bisiesto y sonriendo, miró en el rostro al monje y le dijo:

-Jajaja me pediste dos cosas imposibles que hacer. Jajaja por más que pensé a pesar de mis dos cabezas no hallé la forma de contener el día y la noche en sendas botellas. Sin embargo, al igual que en todas partes no hay ser único en su oficio. Así que busqué por todas las tierras a algún hechicero, faltando poco para completarse el año desde que partí. Conocí a otro monje que vivía allá a lo lejos, detrás de las montañas. Su nombre es Xen, y dijo ser tu padre, Fen.

El monje de las siete leguas, Fen, se asombró de saber de su padre y que le haya ayudado al centauro.

-Entonces, mi padre Xen te libró de tu maldición. Y puedo saber qué te pidió como favor.

-Fue sencillo. Pidió que le entregara un retrato tuyo.

-Pero si a mí jamás me han retratado.

-Lo sé, pero como él no especificó el lienzo. Le hice ver tu semblante en unas nubes que pasaban cerca. Y al verlas, me confirmó que efectivamente estaba viendo tu rostro. Es por ello que ahora me ves con una sola cabeza. Tu padre te extraña y fue tu recuerdo quien me quitó la maldición.

-Gracias centauro, pero dime… dónde encontraste a Xen, mi padre.

-Con gusto te lo diré pero primero un favor…