Cultura combi: ¿Transporte público o diván con ruedas para catarsis?

Juan Mujica

Un tema que no pasa desapercibido en nuestro medio es lo que la gente de a pie tiene que soportar en el día a día. Ni bien subimos a una combi o coaster, nunca faltan las conversaciones ocasionales de gente que viaja en dueto o en grupo. Sin embargo, no es lo que dicen lo que incomoda, sino las palabras que utilizan para decirlo. Y es que si la conversación es cara a cara, parece mentira, pero quizá esas dos personas piensan que tienen puesto el cono del silencio como El Agente 86.

No comprendo, cómo es posible que a pesar que ni siquiera hay música en la combi, y estas dos personas se despotrican, y atropellan y destruyen el castellano castizo. Usando de cada cinco palabras, cuatro para usar lisuras de alto calibre. Todo esto a oído y paciencia de ancianos, damas, niños, etc. Y por supuesto que no son solo los hombres los lisureros. Dicha actitud de coprolalia y jerigonza libertina, no respeta edad, género o clase social. Todo ello solo hablando de la charla procaz de boca a boca.

Sin embargo, otro fenómeno social que ya tiene buen tiempo estando dentro de las combis grandes sobre todo, son las personas que hablan por celular sin pelos en la lengua, y lo único en que tienen reserva son los detalles quizá de donde estarán o donde recibirán algún dinero…¡y eso! Mayormente estas personas al verse en una situación de pasividad (causada por la estancia en la combi y quizá por cierta claustrofobia) optan por llamar a sus amistades y cuando digo que se toman su tiempo… “SE TOMAN SU TIEMPO PARA HABLAR”.

Afortunadamente, en estas charlas por celular estas personas son más mesuradas en sus lisuras. Paradójicamente, pienso, que se miden más y seleccionan mejor las palabras a utilizar cuando no les están viendo la cara a sus interlocutores, que cuando los tienen frente a frente. Parece que en aquella individualidad, sienten algo de vergüenza (quizá al sentirse indefensos sin su caballería). Por tanto, me parece que la gente habla más lisuras frente a frente, que charlando y exponiendo su vida en el contexto de personas con un interés común de acción, aunque con un sinfín de destinos individuales.

Por último, aprovecho para hacer el llamado a las conciencias colectivas, en que todos y cada uno de nosotros estamos en la libertad de expresarnos como mejor nos parezca. Sin embargo, recordemos que nuestro derecho termina donde empieza el de los demás. Así que pongámonos en los zapatos… o más bien en los oídos del otro. Sabiendo y comprendiendo que con nuestro “discurso procaz” estamos contribuyendo al stress del público presente, a la incomodidad colectiva y sin ir muy lejos, a distorsionar la supuesta buena educación que están recibiendo los menores de edad, en especial los niños.

Así que no me queda más que exhortar a la comunidad de peatones y gente que se transporta a diario, que tengan más cordura en sus actos. Para eso somos adultos, y por ende debemos tener el tino de la buena conducta. No les estoy diciendo que se matriculen en unas clases con Frida Holler, pero tampoco es para tomar este tema a la ligera. Recordemos entonces, que la gente nos juzgará mediante las palabras que utilicemos. Nuestro vocabulario refleja en forma tangente el nivel de nuestra cultura.

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