Luces con sangre

Libro de cuentos: “Tintero Irreverente”

Autor: Juan Mujica

En medio de la humareda yacen calcinados los que en vida fueron los hermanos Quispe, quienes sólo quisieron pasar un Año Nuevo divertido, pero que ahora sólo queda el recuerdo de sus rostros felices. Quién iba a pensar que a sus cortas edades verían el final de sus existencias, y todo por no obedecer al anciano. Por supuesto que sus vecinos colaborarían y apoyarían en los gastos del sepelio, como solidarios representantes del pueblo cuzqueño. Y aunque empieza un nuevo calendario con una fatalidad, su fervor religioso se pone en ascuas y le rezan al Señor de los Milagros, pidiéndole que las almas de los pequeños descansen en paz y encuentren el nirvana.

Todo comenzó cuando se aproximaba el mes de diciembre, y los comerciantes pirotécnicos empezaron a elaborar los tradicionales juegos artesanales, donde el fuego en la pólvora hace efervescer la tranquilidad de la noche. Y donde chicos y grandes disfrutan de los proyectiles que se encienden, y luego de llegar muy alto explosionan, dejando un destello muy alucinante agradable al ojo humano. Sin embargo, los pequeños Ernesto y José Antonio estaban muy impacientes por ver tal espectáculo, tal es así que les pareció irrisorio los cohetecillos y cohetones que tenían a su disposición.

Decían que eran para bebés, y que ellos necesitaban algo para hombres hechos y derechos. Aunque igual seguían comprando por mientras su material explosivo, y como era costumbre entre los palomillas del barrio, previamente encendían su huaraca para ahorrar en fósforos. Esto les permitía tener el fuego latente en cualquier momento para prender las múltiples mechas de los trágicamente célebres cohetones y cohetecillos. Los dos hermanos que siempre se divertían para esta fecha, no dudaban en conseguirse los pequeños materiales explosivos desde noviembre, para tener más tiempo en su diversión. Es decir, ellos no escatimaban en hacer bulla día y noche a medida que avanzaba diciembre.

Y eran muy creativos a la hora de reventar. Podía ser un cohetecillo agarrado con el pulgar y el índice o más fino aún, sujetándolo dentro de la uña. En fin, según ellos era bacán. Y por supuesto que otros palomillas del barrio como Ignacio, Jorge, Wilson, Petete y Narizón, también invertían lo poquito que les daban en estas diversiones. Y aunque eran amigos de barrio, cuyos padres de algunos se conocían de años, ellos saboreaban al máximo el peligro. Un día Wilson, que era el gringo del grupo, retó a José Antonio a hacer ‘la canchita’ con el rascapies. En ese tiempo era toda una atracción casi circense aquel espectáculo. Y por supuesto el chico aceptó el reto. Entonces los dos juntaron los dos pedacitos de rascapies y Petete dio el aviso a la de tres. Entonces los dos frotaron en la pista el pirotécnico y luego que echara chispas lo sacudieron dentro de las manos con gran velocidad para que no queme.

Luego de seis segundos, José Antonio no aguantó las chispas y lo dejó caer, terminándose de consumir. Mientras que Wilson por hacerse el valiente se quemó las palmas. Y tuvieron que llevarlo al médico. También encontraron divertido chancar el rascapies con una piedra, y este explosionaba. Ese estentóreo sonido era para ellos como violines. Ya se imaginarán lo que habrían hecho con sus juguetes. Siempre había competencia, siempre ganaba uno y era el rey del día, y perdía otro, pero al final seguían jugando. Hubo un año en que aparecieron las calaveras, que eran unos cohetes que parecían envueltos en papel periódico con su mecha gruesa. Los muchachos se divertían reventándolos, y siempre con su huaraca prendida. Incluso su creatividad los llevó a lanzar las calaveras con una honda. Lo hacían disparando al cielo y festejaban el ruido tronador que dejaba. En otra ocasión estos palomillas encontraron un excremento de perro en su camino y luego de mirarse mutuamente concibieron la idea de enterrarle un cohetón a aquella masa pestilente, y mientras hacían el experimento sonreían de maldad. Al prender la mecha retrocedieron, pero tal fue la onda expansiva que a algunos de ellos les salpicó hasta en la cara. Y al constatar el incidente se mataron de risa.

Y a medida que avanzaba diciembre ellos se divertían más. Eran unos aprendices de bombarderos los muy diablillos. Sin embargo, su abuelo ignoró al principio tales andanzas de sus nietos. El pensaba que estarían por ahí jugueteando con sus amiguitos del barrio. El inocente anciano confiaba en ellos, sobre todo desde que los padres de estos fallecieran en un trágico accidente automovilístico, allá en la capital. Desde entonces el viejo Jonás, que así lo llamaban, se volvió padre y madre para sus nietos. Pero en el tiempo en el que transcurre este relato, aún no había la campaña mediática de prevención de accidentes con explosivos en menores de edad. Pero siempre hubo calamidades que lamentar y bomberos apagando incendios y rescatando heridos.

Estos casos siempre aparecían en las portadas de los diarios, pero la gente ya se había anestesiado de tales titulares. Sobre todo con las noticias acerca de atentados terroristas en Ayacucho, que dejaba una verdadera secuela de muertos. A su lado –en aquellos tiempos- no parecía de tanta relevancia la manipulación de cohetecillos por parte de los menores de edad. A todo esto, había una costumbre en la ciudad imperial de competir por el mejor castillo pirotécnico, y muchos artesanos en esta época los fabricaban, que eran todo un andamiaje de cañas amarradas y con un mecanismo a base de grandes cantidades de pólvora, que al prenderse daban todo un espectáculo. Muchos de estos artesanos ya se preparaban desde septiembre moldeando su artesanía pirotécnica con mucha destreza, y chequeando al milímetro el más mínimo detalle.

La demostración pública se hacía en una conocida plaza, el 31 de diciembre de cada año a las 10 de la noche. A donde asistían muchos cuzqueños y turistas, quienes tomaban fotos de tal espectáculo pirocrático. Y dicen que los chinos serían los primeros en disfrutar de estas diversiones luminosas, pero a los hermanos Quispe esto poco les importaba. Ellos sólo querían seguir reventando y buscar cohetones con más potencia. Así que un día guiados por la ansiedad y la aventura, ingresaron a un depósito clandestino, propiedad de don Rigoberto, que era un cincuentón artesano. Dicho personaje el resto del año se dedicaba a vender antigüedades y comprar digamos ‘la basura útil de otros’. Que para él era provechosa para su negocio.

Sin embargo, ahora se preparaba para competir contra otros artesanos como él. Y a su humilde depósito donde guardaba su megacastillo llegaron los hermanitos Quispe. Ya estando dentro, Ernesto podía olfatear el olor a pólvora, mientras que José Antonio se quedaba maravillado por tal edificación artística. Aquellos círculos en forma de estrella, y todas las cañas finamente amarradas como los engranajes de un reloj. Y luego de dar algunos pasos a su alrededor salieron de ahí tal como entraron. Ya camino a casa intercambiaban impresiones sobre lo que habían visto. Y decidieron callarlo a sus amigos, para no compartir tal cubil misterioso, que a partir de ahora sería sólo para ellos.

Luego llegó la Navidad, y José Antonio con Ernesto se abrazaron fraternalmente, pero con una sonrisa de malicia, a lo que el viejo Jonás no sospechaba nada. El resto de palomillas del barrio así como ellos, también recibió sus regalos. Que eran juguetes que promocionaban por televisión. Siempre en la mañana del 25 de diciembre, los niños se ponían a jugar con su obsequio nuevo en las afueras de la puerta de su casa, como queriendo presumirle al barrio su nueva adquisición, la que duraba máximo tres meses antes que saliera disparada por los aires y estrellándose disque por accidente. Todos aquellos palomillas tenían un cajón en el que tenían su colección de obsequios, que más bien parecía un hospital o cementerio de juguetes. Soldaditos incompletos, carritos sin ruedas, algunos rieles pertenecientes al trencito que ya no estaba, pelotas desinfladas y hasta espadas dobladas. Todo un arsenal de material inservible y sobre todo que ya no se podía regalar, comprar ni vender. Y lo más gracioso es que dicho material lo heredaban los nuevos infantes de las casas.

Y sucedió que el 30 de diciembre de ese año, a Ernesto y José Antonio se les ocurrió volver a ir a aquel depósito misterioso. Esperaron que saliera de él don Rigoberto y se metieron cual roedores. Pero lo malo es que ellos tenían en la mano su huaraca prendida, y peor aún, a Ernesto se le ocurrió reventar un cohetecillo para asustar a su hermano. Y este para seguirle el juego también lo hacía. Hasta este momento don Rigoberto, quien había escuchado las explosiones pensaba que se trataba de sonidos externos a su propiedad. Hasta que lo embargó la curiosidad y salió a ver. Para esto el juego de los hermanitos Quispe había llegado a una situación alarmante, pues empezaron a lanzar al aire los cohetecillos.

Trágicamente la chispa de uno de estos alcanzó la pólvora de una de las estrellas circulares, prendiéndose inmediatamente y adelantándose a la fecha del concurso. La pólvora del castillo echaba chispas por doquier y estas alcanzaron al resto de material pirotécnico produciéndose un incendio de grandes proporciones. Dicha ignición llegó a los oídos del dueño, quien confirmó que el humo venía de su depósito y pensó lo peor. Por su parte, Ernesto y José Antonio se desesperaron, pero con todo ese humo no veían por donde era la salida. Tosieron y tosieron hasta que estando a gatas en el piso se desmayaron por asfixia. Don Rigoberto, quien escuchó los tosidos y los gritos de auxilio trató de entrar, pero el humo le impedía convertirse en héroe.

Así que fue corriendo a su casa a la vez que gritaba pidiendo ayuda, pero sus vecinos no lo escuchaban. Quince minutos más tarde llegaron los bomberos, pero encontraron a dos cadáveres calcinados. Sacaron los cuerpos y terminaron de apagar las llamas. El viejo Rigoberto, quien conocía al viejo Jonás, fue a darle las condolencias del caso. Y al oír la mala noticia, el abuelo rompió en llanto, y sentía que el mundo se acababa. Hasta quería ir a ver los cuerpecitos pero lo detuvieron. En ese momento los dos ancianos se culpaban a sí mismos. Pero para los bomberos sólo había un culpable: “el almacenamiento de material pirotécnico”. Al día siguiente la gente ya estaba enterada de lo sucedido, y se suspendió el concurso como una forma de respeto a la memoria de los hermanos Quispe. Y cuando dieron las doce de la noche, no hubo nada que celebrar para el viejo Jonás. Aunque oyera a lo lejos el sonido de los cohetes, para él era el velorio de sus nietos. Ceremonia a la que asistieron sus vecinos, de quienes recibió apoyo económico para el entierro.

Y antes que llegara el próximo 31 de diciembre ya estaban velando al anciano, quien dejó de existir dicen de tanta soledad y tristeza. Y cuando vieron los castillos iluminando el cielo cuzqueño, algunos recordaban a los hermanos Quispe, mientras que a don Rigoberto aún le parecía estar escuchando los gritos de auxilio de aquellas dos criaturas, quienes ahora estarían felices con las luces en el firmamento.

 

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